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...el Rastro sigue...

Che Guevara, en la cafetería California, luego, punto de encuentro de Fuerza Nueva.

Che Guevara, en la cafetería California, luego, punto de encuentro de Fuerza Nueva.

Che Guevara, estudiante que fue de Medicina, en la Facultad madrileña.

Che Guevara, estudiante que fue de Medicina, en la Facultad madrileña.

Ha muerto Pepe de Diego.

Ha muerto Pepe de Diego.

Yo no traté mucho a Pepe de Diego, pero le tenía afecto. Por encima de todos los cambios de agujas y pasos a nivel de los caminos de hierro de la política, que nos habían distanciado, supe siempre que seguía siendo leal. Hasta el sacrificio. No hace mucho, con una válvula en el corazón, se arriesgaba -cosa que yo nunca hice, por aquello del purismo y la ortodoxia- a acudir a San Sabastián, con los manifestantes de "Basta ya". Estuvo siempre al pie de su cañón, sin importarle si el fuego enemigo le podía o no hacer pupa. En su capilla ardiente había sólo una corona, con los colores de España. Su gente, no había más que mirarles, ejemplar: mezcla de la rara alegría cristiana ante la muerte y, como hubiera dicho García Serrano, la imperturbabilidad de las razas nobles.

Milagrosa Romero, amiga de Pepe de Diego y de su familia, estaba en Lisboa cuando se enteró de su fallecimiento, ya es causalidad, ¿o no?, en el estuario del doce Tejo, al lado del monumento de los Descubridores, frente al palacio de Belem, sobre el mar de palha, y escribió estos versos:

Una gaviota en el sombrero de don Enrique

lista para partir, lista para volar.

La gaviota mira hacia la tierra -lo que ata, lo que está abajo, el ruido, el polvo, todo = nada-.

Y don Enrique afuera -siempre lejos -hacia la nada y todo = el infinito.

Todos los ríos, Señor, hacia la mar, que no es morir, que es ir más allá, al Todo,

donde se funde el río, donde se encuentra el mar.

J.R.

Cabra, en el olvido.

Cabra, en el olvido.

Siete de noviembre. ¿Quién se acuerda de qué?

No ha caído Cabra en olvido por ser cuna de sus próceres, que los hubo: de Mocadem Ben Moaffa, el creador del zéjel, de Juan Valera, autor de Pepita Jiménez, de Dionisio Alcalá Galiano, descubridor de la isla de su nombre, en Canadá, caído en Trafalgar, de José Solís, el que sería la 'Sonrisa del Régimen'.

Pero nadie recuerda que el siete de noviembre de 1938, una lluvia de bombas de la aviación republicana arrasó la villa, perdiendo en la ocasión la vida más de cien paisanos.

Ni eran vascos, ni tenían un Picasso que les pintara, ni nadie oyó sus gritos, ni nadie se conmovió con sus lágrimas.

Fue un raid sangriento y criminal, dirigido contra la población civil, en día de mercado, sin justificación militar posible, que el frente se encontraba muy lejos de Córdoba, ya en el Ebro, y no había en el pueblo industria, almacén ni objetivo que sirviera de coartada.

Nadie se acuerda.

Decididamente un bando ganó la guerra de las armas, pero otro ha ganado la de la propaganda, la guerra de las almas.

M.T.Suárez